Comienza la novena:23 de julio
Día festivo:23 de julio
Nacimiento:1303
Muerte:1373

Santo patrón de Europa, Suecia, las viudas y la buena muerte

Novena de un año a Santa Brígida de Suecia

Santa Brígida de Suecia, nacida Birgitta, fue una mística sueca y fundadora de una orden religiosa que vivió en el siglo XIV y recibió visiones especiales de Jesucristo. Santa Brígida deseaba saber cuántos golpes sufrió Jesús en su Pasión, y Él finalmente le dijo: Recibí 5475 golpes en mi Cuerpo. Si quieres honrarlos de algún modo, reza quince Padrenuestros y quince Avemarías con las siguientes oraciones, que yo mismo te enseñaré, durante un año entero. Al terminar el año, habrás honrado cada una de mis llagas.

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Puedes rezar la completa Novena de un año a Santa Brígida de Suecia debajo.

Día 1

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 2

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 3

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 4

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 5

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 6

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 7

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 8

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 9

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 10

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 11

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 12

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 13

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 14

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 15

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 16

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 17

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 18

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 19

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 20

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 21

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 22

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 23

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 24

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 25

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 26

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 27

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 28

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 29

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 30

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 31

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 32

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 33

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 34

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 35

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 36

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 37

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 38

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 39

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 40

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 41

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 42

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 43

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 44

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 45

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 46

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 47

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 48

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 49

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 50

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 51

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 52

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 53

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 54

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 55

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 56

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 57

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 58

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 59

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 60

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 61

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 62

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 63

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 64

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 65

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 66

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 67

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 68

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 69

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 70

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 71

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 72

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 73

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 74

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 75

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 76

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 77

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 78

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 79

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 80

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 81

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 82

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 83

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 84

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 85

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 86

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 87

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 88

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 89

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 90

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 91

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 92

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 93

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 94

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 95

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 96

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 97

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 98

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 99

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 100

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 101

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 102

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 103

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 104

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 105

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 106

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 107

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 108

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 109

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 110

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 111

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 112

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 113

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 114

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 115

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 116

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 117

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 118

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 119

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 120

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 121

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 122

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 123

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 124

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 125

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 126

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 127

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 128

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 129

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 130

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 131

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 132

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 133

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 134

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 135

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 136

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 137

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 138

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 139

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 140

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 141

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 142

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 143

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 144

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 145

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 146

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 147

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 148

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 149

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 150

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 151

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 152

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 153

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 154

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 155

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 156

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 157

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 158

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 159

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 160

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 161

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 162

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 163

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 164

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 165

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 166

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 167

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 168

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 169

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 170

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 171

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 172

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 173

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 174

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 175

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 176

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 177

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 178

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 179

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 180

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 181

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 182

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 183

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 184

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 185

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 186

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 187

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 188

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 189

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 190

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 191

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 192

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 193

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 194

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 195

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 196

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 197

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 198

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 199

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 200

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 201

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 202

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 203

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 204

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 205

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 206

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 207

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 208

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 209

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 210

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 211

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 212

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 213

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 214

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 215

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 216

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 217

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 218

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 219

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 220

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 221

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 222

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 223

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 224

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 225

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 226

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 227

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 228

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 229

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 230

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 231

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 232

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 233

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 234

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 235

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 236

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 237

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 238

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 239

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 240

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 241

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 242

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 243

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 244

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 245

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 246

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 247

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 248

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 249

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 250

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 251

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 252

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 253

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 254

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 255

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 256

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 257

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 258

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 259

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 260

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 261

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 262

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 263

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 264

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 265

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 266

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 267

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 268

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 269

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 270

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 271

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 272

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 273

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 274

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 275

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 276

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 277

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 278

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 279

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 280

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 281

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 282

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 283

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 284

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 285

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 286

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 287

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 288

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 289

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 290

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 291

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 292

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 293

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 294

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 295

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 296

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 297

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 298

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 299

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 300

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 301

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 302

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 303

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 304

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 305

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 306

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 307

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 308

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 309

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 310

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 311

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 312

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 313

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 314

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 315

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 316

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 317

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 318

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 319

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 320

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 321

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 322

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 323

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 324

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 325

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 326

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 327

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 328

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 329

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 330

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 331

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 332

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 333

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 334

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 335

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 336

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 337

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 338

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 339

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 340

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 341

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 342

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 343

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 344

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 345

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 346

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 347

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 348

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 349

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 350

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 351

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 352

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 353

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 354

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 355

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 356

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 357

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
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Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 358

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 359

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 360

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 361

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 362

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 363

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 364

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

¡Oración de hoy completa!
Comparte esta novena con alguien que la necesite.

Oraciones Respondidas de la Comunidad

Día 365

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

Primera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.

Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.

Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”

Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.

Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.

Tercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.

Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.

Cuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.

Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”

Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.

(menciona tu petición aquí…)

Octava oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.

Novena oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.

Undécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.

Duodécima oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.

Decimotercera oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”

Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.

Decimoquinta oración

Padre nuestro. Dios te salve, María.

¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.

De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.

Conclusión

¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

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