| Comienza la novena: | 23 de julio |
| Día festivo: | 23 de julio |
| Nacimiento: | 1303 |
| Muerte: | 1373 |
Santo patrón de Europa, Suecia, las viudas y la buena muerte
Novena de un año a Santa Brígida de Suecia
Santa Brígida de Suecia, nacida Birgitta, fue una mística sueca y fundadora de una orden religiosa que vivió en el siglo XIV y recibió visiones especiales de Jesucristo. Santa Brígida deseaba saber cuántos golpes sufrió Jesús en su Pasión, y Él finalmente le dijo: Recibí 5475 golpes en mi Cuerpo. Si quieres honrarlos de algún modo, reza quince Padrenuestros y quince Avemarías con las siguientes oraciones, que yo mismo te enseñaré, durante un año entero. Al terminar el año, habrás honrado cada una de mis llagas.
Nunca pierdas un día de oración
Recordatorios diarios + intenciones + oraciones grupales
DESCARGARPuedes rezar la completa Novena de un año a Santa Brígida de Suecia debajo.
Día 1
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 2
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 3
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 4
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 5
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 6
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 7
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 8
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 9
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 10
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 11
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 12
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 13
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 14
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 15
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 16
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 17
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 18
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 19
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 20
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 21
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 22
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 23
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 24
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 25
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 26
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 27
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 28
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 29
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 30
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 31
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 32
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 33
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 34
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 35
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 36
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 37
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 38
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 39
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 40
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 41
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 42
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 43
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 44
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 45
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 46
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 47
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 48
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 49
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 50
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 51
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 52
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 53
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 54
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 55
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 56
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 57
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 58
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 59
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 60
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 61
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 62
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 63
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 64
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 65
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 66
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 67
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 68
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 69
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 70
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 71
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 72
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 73
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 74
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 75
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 76
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 77
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 78
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 79
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 80
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 81
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 82
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 83
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 84
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 85
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 86
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 87
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 88
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 89
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 90
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 91
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 92
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 93
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 94
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 95
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 96
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 97
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 98
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 99
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 100
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 101
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 102
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 103
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 104
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 105
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 106
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 107
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 108
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 109
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 110
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 111
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 112
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 113
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 114
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 115
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 116
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 117
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 118
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 119
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 120
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 121
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 122
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 123
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 124
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 125
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 126
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 127
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 128
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 129
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 130
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 131
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 132
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 133
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 134
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 135
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 136
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 137
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 138
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 139
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 140
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 141
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 142
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 143
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 144
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 145
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 146
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 147
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 148
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 149
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 150
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 151
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 152
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 153
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 154
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 155
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 156
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 157
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 158
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 159
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 160
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 161
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 162
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 163
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 164
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 165
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 166
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 167
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 168
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 169
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 170
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 171
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 172
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 173
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 174
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 175
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 176
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 177
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 178
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 179
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 180
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 181
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 182
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 183
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 184
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 185
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 186
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 187
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 188
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 189
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 190
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 191
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 192
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 193
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 194
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 195
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 196
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 197
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 198
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 199
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 200
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 201
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 202
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 203
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 204
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 205
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 206
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 207
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 208
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 209
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 210
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 211
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 212
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 213
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 214
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 215
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 216
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 217
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 218
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 219
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 220
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 221
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 222
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 223
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 224
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 225
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 226
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 227
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 228
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 229
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 230
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 231
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 232
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 233
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 234
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 235
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 236
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 237
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 238
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 239
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 240
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 241
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 242
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 243
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 244
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 245
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 246
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 247
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 248
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 249
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 250
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 251
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 252
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 253
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 254
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 255
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 256
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 257
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 258
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 259
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 260
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 261
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 262
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 263
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 264
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 265
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 266
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 267
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 268
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 269
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 270
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 271
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 272
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 273
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 274
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 275
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 276
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 277
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 278
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 279
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 280
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 281
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 282
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 283
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 284
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 285
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 286
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 287
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 288
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 289
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 290
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 291
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 292
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 293
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 294
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 295
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 296
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 297
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 298
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 299
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 300
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 301
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 302
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 303
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 304
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 305
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 306
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 307
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 308
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 309
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 310
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 311
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 312
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 313
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 314
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 315
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 316
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 317
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 318
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 319
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 320
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 321
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 322
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 323
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 324
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 325
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 326
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 327
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 328
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 329
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 330
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 331
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 332
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 333
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 334
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 335
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 336
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 337
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 338
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 339
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 340
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 341
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 342
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 343
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 344
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 345
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 346
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 347
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 348
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 349
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 350
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 351
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 352
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 353
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 354
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 355
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 356
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 357
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 358
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 359
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 360
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 361
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 362
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 363
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 364
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”
Día 365
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Primera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesucristo! Dulzura eterna de los que te aman, gozo que supera todo gozo y todo deseo, Salvación y Esperanza de todos los pecadores, que has demostrado que no tienes mayor deseo que estar entre los hombres, hasta el punto de asumir la naturaleza humana en la plenitud de los tiempos por amor a los hombres: recuerda todos los sufrimientos que soportaste desde el instante de tu concepción, y especialmente durante tu Pasión, tal como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad en el plan divino.
Recuerda, oh Señor, que durante la Última Cena con tus discípulos, después de lavarles los pies, les diste tu santísimo Cuerpo y tu preciosísima Sangre, y mientras los consolabas con dulzura, les anunciaste tu próxima Pasión.
Recuerda la tristeza y la amargura que experimentaste en tu alma, como tú mismo lo atestiguaste diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte.”
Recuerda todo el temor, la angustia y el dolor que sufriste en tu delicado Cuerpo antes del tormento de la crucifixión, cuando, después de haber orado tres veces, bañado en un sudor de sangre, fuiste traicionado por Judas, tu discípulo, apresado por el pueblo de una nación que habías escogido y enaltecido, acusado por falsos testigos e injustamente juzgado por tres jueces en la flor de tu juventud y en el tiempo solemne de la Pascua.
Recuerda que fuiste despojado de tus vestiduras y vestido con ropas de burla; que te vendaron el rostro y los ojos, que te abofetearon, te coronaron de espinas, te pusieron una caña en las manos, que fuiste molido a golpes y colmado de afrentas y ultrajes.
En memoria de todas estas penas y sufrimientos que soportaste antes de tu Pasión en la Cruz, concédeme antes de mi muerte una verdadera contrición, una confesión sincera y completa, una digna satisfacción y el perdón de todos mis pecados. Amén.
Segunda oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Verdadera libertad de los ángeles, Paraíso de delicias, recuerda el horror y la tristeza que soportaste cuando tus enemigos, como leones furiosos, te rodearon y con miles de insultos, salivazos, golpes, desgarros y otras crueldades inauditas te atormentaron a su antojo. En consideración de estos tormentos y palabras injuriosas, te suplico, oh Salvador mío, que me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles, y que me conduzcas, bajo tu protección, a la perfección de la salvación eterna. Amén.
Tercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Creador del cielo y de la tierra, a quien nada puede abarcar ni limitar, tú que envuelves y sostienes todo bajo tu amoroso poder, recuerda el dolor amarguísimo que sufriste cuando los judíos clavaron tus sagradas manos y pies a la Cruz, golpe tras golpe, con grandes clavos sin punta, y no encontrándote en un estado lo bastante lastimoso para saciar su furor, agrandaron tus llagas, añadieron dolor al dolor, y con indescriptible crueldad extendieron tu Cuerpo sobre la Cruz, tirando de ti por todos lados y dislocando así tus miembros.
Te suplico, oh Jesús, por el recuerdo de este amorosísimo sufrimiento de la Cruz, que me concedas la gracia de temerte y de amarte. Amén.
Cuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Médico celestial, elevado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las tuyas, recuerda las contusiones que sufriste y la debilidad de todos tus miembros, que fueron estirados hasta tal punto que nunca hubo dolor semejante al tuyo. Desde la coronilla de tu cabeza hasta las plantas de tus pies no hubo un solo lugar de tu Cuerpo que no estuviera atormentado, y sin embargo, olvidando todos tus sufrimientos, no dejaste de orar a tu Padre celestial por tus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Por esta gran misericordia, y en memoria de este sufrimiento, concede que el recuerdo de tu amarguísima Pasión obre en nosotros una perfecta contrición y el perdón de todos nuestros pecados. Amén.
Quinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo del esplendor eterno, recuerda la tristeza que sentiste cuando, contemplando a la luz de tu divinidad la predestinación de los que se salvarían por los méritos de tu sagrada Pasión, viste al mismo tiempo la gran multitud de réprobos que se condenarían por sus pecados, y te lamentaste amargamente por aquellos pecadores desdichados y perdidos sin esperanza.
Por el abismo de compasión y de piedad, y especialmente por la bondad que mostraste al buen ladrón cuando le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, te suplico, oh dulce Jesús, que en la hora de mi muerte tengas misericordia de mí. Amén.
Sexta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Rey amado y sumamente deseable, recuerda el dolor que sufriste cuando, desnudo y como un vulgar criminal, fuiste clavado y levantado en la Cruz, cuando todos tus parientes y amigos te abandonaron, excepto tu amada Madre, que permaneció junto a ti durante tu agonía y a quien encomendaste a tu fiel discípulo cuando dijiste a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a San Juan: “Ahí tienes a tu madre.”
Te suplico, oh Salvador mío, por la espada de dolor que traspasó el alma de tu santa Madre, que tengas compasión de mí en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, y que me asistas en todas mis pruebas, y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.
Séptima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Fuente inagotable de compasión, que con un profundo gesto de amor dijiste desde la Cruz: “¡Tengo sed!”, sufriendo sed por la salvación del género humano: te suplico, oh Salvador mío, que inflames en nuestros corazones el deseo de tender a la perfección en todas nuestras obras, y que extingas en nosotros la concupiscencia de la carne y el ardor de los deseos mundanos. Amén.
(menciona tu petición aquí…)
Octava oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Dulzura de los corazones, deleite del espíritu, por la amargura del vinagre y de la hiel que probaste en la Cruz por amor a nosotros, concédenos la gracia de recibir dignamente tu preciosísimo Cuerpo y Sangre durante nuestra vida y en la hora de nuestra muerte, para que nos sirvan de remedio y consuelo para nuestras almas. Amén.
Novena oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Virtud real, gozo del alma, recuerda el dolor que soportaste cuando, sumergido en un océano de amargura al acercarse la muerte, insultado y ultrajado por los judíos, clamaste en alta voz que habías sido abandonado por tu Padre, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Por esta angustia, te suplico, oh Salvador mío, que no me abandones en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.
Décima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Que eres el principio y el fin de todas las cosas, la vida y la virtud, recuerda que por nosotros fuiste sumergido en un abismo de sufrimiento desde las plantas de los pies hasta la coronilla de la cabeza. En consideración de la enormidad de tus llagas, enséñame a guardar, por puro amor, tus mandamientos, cuyo camino es ancho y fácil para los que te aman. Amén.
Undécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Abismo profundo de misericordia, te suplico, en memoria de tus llagas, que penetraron hasta la médula de tus huesos y hasta lo más hondo de tu ser, que me apartes del pecado a mí, miserable pecador, abrumado por mis ofensas, y que me escondas de tu rostro justamente irritado contra mí; escóndeme en tus llagas hasta que hayan pasado tu ira y tu justa indignación. Amén.
Duodécima oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Espejo de la verdad, signo de unidad, vínculo de caridad, recuerda la multitud de llagas con que fuiste cubierto de pies a cabeza, desgarrado y enrojecido por el derramamiento de tu adorable Sangre. ¡Oh grande y universal dolor que sufriste en tu carne virginal por amor a nosotros! ¡Dulcísimo Jesús! ¿Qué hay que pudieras haber hecho por nosotros y que no hayas hecho? Que el fruto de tus sufrimientos se renueve en mi alma por el fiel recuerdo de tu Pasión, y que tu amor crezca en mi corazón cada día, hasta que te vea en la eternidad, tú que eres el tesoro de todo verdadero bien y de toda alegría, que te ruego me concedas, oh dulcísimo Jesús, en el cielo. Amén.
Decimotercera oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! León fuerte, Rey inmortal e invencible, recuerda el dolor que soportaste cuando, agotadas por completo todas tus fuerzas, tanto morales como físicas, inclinaste la cabeza diciendo: “¡Todo está consumado!”
Por esta angustia y dolor, te suplico, Señor Jesús, que tengas misericordia de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente esté muy turbada y mi alma en angustia. Amén.
Decimocuarta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! Hijo único del Padre, esplendor e imagen de su sustancia, recuerda la sencilla y humilde recomendación que hiciste de tu alma a tu Padre eterno, diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y con tu Cuerpo todo desgarrado, tu Corazón quebrantado y las entrañas de tu misericordia abiertas para redimirnos, expiraste. Por esta preciosa muerte, te suplico, oh Rey de los santos, que me consueles y me ayudes a resistir al demonio, a la carne y al mundo, para que, muerto al mundo, viva solo para ti. Te suplico que en la hora de mi muerte me recibas a mí, peregrino y desterrado que vuelve a ti. Amén.
Decimoquinta oración
Padre nuestro. Dios te salve, María.
¡Oh Jesús! ¡Vid verdadera y fecunda! Recuerda la abundante efusión de sangre que tan generosamente derramaste de tu sagrado Cuerpo, como el jugo de las uvas en el lagar.
De tu costado, traspasado por la lanza de un soldado, brotaron sangre y agua hasta que no quedó en tu Cuerpo ni una sola gota, y finalmente, como un manojo de mirra elevado a lo alto de la Cruz, tu delicada carne fue destruida, la sustancia misma de tu Cuerpo se marchitó y la médula de tus huesos se secó.
Por esta amarga Pasión y por la efusión de tu preciosa Sangre, te suplico, oh dulce Jesús, que recibas mi alma cuando esté en la agonía de la muerte. Amén.
Conclusión
¡Oh dulce Jesús! Traspasa mi corazón, para que mis lágrimas de penitencia y de amor sean mi pan de día y de noche; que me convierta enteramente a ti, que mi corazón sea tu morada perpetua, que mi conversación te sea agradable, y que el fin de mi vida sea tan digno de alabanza que merezca el cielo y allí, con tus santos, te alabe para siempre. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Oraciones Respondidas de la Comunidad
“Hoy iba con mi hijo en una moto y me quedé sin frenod bajando una loma, muy concurrida lleno de buses y de carros.yo me raspé y a él no le pasó absolutamente nada .Estoy segura que el arcángel Rafael estuvo ahí protegiéndonos . Porque en ese instante que perdimos los frenos no había ni un solo carro, súpe reaccionar.Y eso pasó justo hoy !!Dios es fiel solo puedo agradecer🙇🏼♀️🙌🏻🥹🤌🏻🤌🏻🙏🏻 hoy volvimos a vivir los dos🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🙇🏼♀️🙌🏻🥹”